
Hace una semana que regresamos de nuestro viaje, y aunque he estado desconectada de redes sociales y del blog, esta pausa para conectar con la familia y amigos ha sido increíblemente valiosa. Estos últimos días nos hemos enfocado en adaptarnos de nuevo a la rutina de estudio y trabajo, lidiando con el jet lag, pero renovados en nuestro compromiso con el karate, tanto dentro como fuera del dojo.
Llegada a Okinawa
El 10 de octubre volamos a Okinawa, donde nos recibió la familia Miyazato y parte de la delegación que había viajado para este gran encuentro. Pasamos más de dos semanas en la tierra que vio nacer el Karate Do, en la cuna de nuestros maestros, donde Sensei Shoei Miyazato y su familia iniciaron este camino.
Fue un viaje profundamente emotivo, una oportunidad para reencontrarnos con amigos y sumergirnos en la cultura, tradiciones y paisajes de Okinawa.
La isla tiene un clima tropical, con alta humedad y temperaturas elevadas. Nos alojamos de manera tradicional en una pequeña casa que nos facilitó la familia, ya que estábamos con los niños.

El resto de la delegación, aproximadamente 70 adultos, durmió en el centro vecinal que la comunidad del barrio les ofreció. Todos dormimos sobre futones en tatami, lo cual, sorprendentemente, resultó ser una experiencia cómoda y auténtica.
Ceremonia de apertura y Naha Matsuri
El primer domingo asistimos a la ceremonia de apertura para celebrar los 65 años de nuestra escuela. Aproximadamente 80 miembros de Japón, Argentina, Uruguay y Canadá nos reunimos para honrar a nuestros Senseis y celebrar juntos la cultura y tradiciones de Okinawa.
Fue una experencia que abarcó la mística del karate, la integracion de amigos y el sentido de pertenencia a la escuela.

Ese mismo día, visitamos el Naha Matsuri, un festival que celebra la época de buena cosecha y pide un año lleno de abundancia. Para este festival, los vecinos arman cada año una enorme soga para un juego de tirar la cuerda entre dos bandos. En 1997, esta soga de 186 metros de longitud y casi 2 metros de diámetro ingresó al Libro Guinness de los Récords como la más grande del mundo.

La competencia dura 30 minutos, y el objetivo es mover la cuerda un mínimo de 5 metros desde su posición inicial. Terminada la cinchada, los participantes de apresuran a cortar un trozo de cuerda para guardarlo como amuleto de buena suerte.
Aunque llegamos tarde para ver esta parte del espectáculo, una Senpai tuvo el amoroso detalle de guardarnos un trozo de la cuerda como amuleto, el cual trajimos al dojo como símbolo de buena fortuna.
Festival cultural de música “Kuruchi no Mori”
El lunes, que fue feriado en Okinawa, asistimos al festival de música Kuruchi no Mori en la ciudad de Yomitan. Este festival rinde homenaje a la resiliencia cultural de Okinawa y a la preservación del árbol kuruchi, una especie de ébano autóctono que se valora tanto por su rareza como por su simbolismo en la tradición local.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Okinawa quedó devastada, y muchos de sus árboles kuruchi fueron destruidos. La madera de kuruchi es especialmente apreciada para el cuello del sanshin, ya que su densidad y tonalidad aportan una resonancia única.
Sin embargo, este árbol crece lentamente, requiriendo entre 100 y 200 años para alcanzar el tamaño adecuado para su uso, lo cual ha limitado la disponibilidad de esta madera. Sin acceso al Kuruchi, se utilizan otras maderas como el roble que deben traer desde fuera de Okinawa.

El festival Kuruchi no Mori fue inspirado por el artista Kazufumi Miyazawa, quien, junto con un grupo de voluntarios, sueña con repoblar Okinawa con árboles kuruchi en los próximos 100 años. Este proyecto de reforestación tiene como objetivo no solo restaurar el ecosistema, sino también preservar una parte invaluable de la identidad cultural okinawense.
La caminata del Budoka

Continuamos la semana el martes, recreando la caminata que Sensei Shoei Miyazato realizaba junto a su amigo, Sensei Seikichi Iha, hacia el dojo de Miyahira Sensei. Fueron casi 9 km que culminamos en una plaza, donde realizamos el kata característico de nuestra escuela, Naihanchi Shodan.

Aunque la distancia fue desafiante debido al calor y la humedad, mantuvimos en mente la enseñanza de Sensei Iha. En una entrevista, cuando le preguntaron si lo agobiaba el sacrificio del largo camino para llegar a las clases, él respondió, sorprendido: “¡Era un deleite! ¡Se sufría cuando no había clase de Karate Do!” Esto demuestra claramente que, cuando hay pasión en lo que uno realiza, el disfrute no está en la meta, sino también en todo el recorrido, por arduo que sea.
Explorando Okinawa World y el Memorial Peace Park
El día miércoles visitamos Okinawa World, un parque temático diseñado para mostrar y preservar la rica cultura y naturaleza de la isla. Este parque incluye varias atracciones que ofrecen una inmersión en la historia, artesanía y vida silvestre de Okinawa.

Uno de los puntos más destacados fue la cueva Gyokusendo, una maravilla natural con más de 5 km de pasajes subterráneos llenos de estalactitas y estalagmitas formadas durante milenios.

Otro de los lugares que visitamos fue el Memorial Peace Park, un sitio profundamente conmovedor, dedicado a honrar la memoria de las víctimas de la batalla de Okinawa durante la Segunda Guerra Mundial.
Fue uno de los museos que más me impactó. Al entrar, sentimos de inmediato el peso de la historia y el respeto solemne que impregna el lugar. En el interior del museo, donde no estaba permitido tomar fotografías, nos encontramos con imágenes que mostraban lo que significó la guerra para las familias.
Ver fotos de niños de la edad de mi hijo, vestidos con uniformes de soldado que les quedaban enormes, fue desgarrador. También exhibían elementos de hospitales que fueron rescatados de cuevas, lugares donde los médicos arriesgaban su vida para ayudar a los civiles que se refugiaban allí.
A través de entrevistas visuales con sobrevivientes, escuchamos testimonios de quienes vivieron la tragedia, cada palabra cargada de dolor y fortaleza. Todo en ese espacio era tan triste como movilizador.

El parque exterior alberga monumentos y esculturas conmemorativas que nos recordaron la devastación de esa batalla, pero también simbolizan un mensaje de paz y esperanza. Uno de los elementos más impactantes es el Monumento a la Paz de las Islas Ryukyu, donde están inscritos los nombres de todas las personas que perdieron la vida, sin importar su nacionalidad, como un llamado a la reconciliación y al respeto.
Este tramo del viaje a Okinawa fue mucho más que una experiencia cultural o una visita a sitios históricos; fue una profunda inmersión en las raíces del Karate Do y en el espíritu de una comunidad marcada por su historia y su resiliencia. Okinawa nos recordó que el Karate no es solo una disciplina física, sino un camino de vida que conecta generaciones y culturas.
Pronto les contaré más sobre las demás experiencias de este viaje.